Emiliana: un alma abierta a la música. Parte I

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Captura de pantalla 2016-05-29 a las 11.09.00 a.m.Refracción: Una columna sobre periodismo, cultura y atardeceres en Sonora.

Y te seguiré queriendo hasta después de la muerte.
No creas que esto es mentira, que después también se quiere;
y yo te quiero hasta después de la muerte.
Yo te quiero con el alma, y el alma nunca se muere.
-Guajira.
Emiliana de Zubeldía.

No voy a reseñar una biografía. No voy a poner fechas ni acontecimientos. Hablaré de mi descubrimiento de esta tarde. Con decirles que mi columna será en dos partes. Conocí a la doctora Leticia Varela en el 2005, cuando visitó Cajeme para dar módulos de educación musical para el Diplomado en Danza que ofrecía Itson. Yo estaba en su clase. Me tocó que me regalara un libro: Zubeldía, Maestra Maitea¨.

Voy a confesar que nunca lo leí. Ni siquiera la primera página. Pero como era un regalo de la maestra Leticia, a quién admiro profundamente, lo guardé. Pasó mi vida, y muchas cosas en ella. Nació mi hijo. Me mudé 6 veces de casa desde el  2007 a la fecha. En todas esas mudanzas, yo podía dejar ropa o cosas atrás en cada cambio, pero jamás mis libros. Sobre todo aquellos que me han sido regalados. En 12 años, el libro transito conmigo sin nunca ser leído.

Hoy, es aniversario luctuoso de la maestra Emiliana de Zubeldía. Y mientras buscaba en Internet información y música de ella, recordé que ese libro estaba en el librero de mi cuarto. Así que, mientras platico con ustedes, lo leo por primera vez. Lo descubriremos juntos.

Yo tengo un gran, gran defecto cuando leo. Antes de iniciar cualquier libro, necesito conocer el final. Siempre, mi manía ha sido leer la última página. No sé si a ustedes les pase también, pero para mí, en lugar de sabotear la experiencia, me hace desear saber si quiero o no leer el libro. La última página, para mí, es el indicador de si la historia merece ser leída. Estoy mal lo sé. No me juzguen.

Mientras me leen, sugiero abran una página, y escuchen una de las piezas corales dirigidas por la maestra Emiliana, en 1972 en Ciudad de México en los estudios de la CBS.

 

Y entonces, el final es así:

Por eso te escribo ahora que he logrado por fin reconstruirte, ahora que he podido colocar en su lugar cada pieza de tu rompecabezas tan complejo; porque reconstruyéndote me vuelvo plena, porque quiero que sepas que te entiendo y que ya no me dueles, porque ahora podemos ser amigas, porque el amar ha dejado de ser tabú para las dos y sólo es menester un corto plazo para compartir nuestra paz, lado a lado. Ahora que lo sabemos, podemos esperarlo sin premuras.

Hasta entonces, Emilen maitea.

Zorionak

Leticia.

Este final del libro, con el aviso de muerte de la maestra a Leticia y con la crónica de la despedida de quién fue su discípula absorbida, liberada por Emiliana, sostiene un integrado invaluable de cartas, memorias, registro de obra, fotografías y una lista de los discípulos de la maestra, así como de las instituciones fundadas por estos discípulos.

Éste, es apenas el inicio de lo que tengo que contarles sobre mi experiencia de leer el libro por primera vez. Siempre existe la ocasión donde uno estrena primeras y segundas partes en sus redacciones. Bienvenidos a la primera de dos entregas en Refracción. Nos vemos el próximo jueves.

 

Esta columna se publicó originalmente en Proyecto Puente, el 26 de mayo 2016.

Escrito por

Gestora Cultural, bloguera. Periodista de clóset. Mami de Erik.

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